
Hay momentos que llegan sin aviso y alteran, por unos segundos o por varios días, la sensación de seguridad con la que vivimos.
Un temblor, una emergencia, un accidente o cualquier situación inesperada puede generar miedo e incertidumbre en los adultos. Para los niños, que todavía están construyendo su comprensión del mundo y dependen de nosotros para sentirse protegidos, estas experiencias pueden sentirse aún más grandes.
Después de vivir una situación así, es natural preguntarnos: ¿qué les decimos?, ¿cuánto debemos explicarles?, ¿es mejor hablar del tema o seguir adelante?, ¿cómo sabemos si están bien?
La respuesta no está en hacer como si nada hubiera ocurrido. Tampoco en llenar a los niños de explicaciones. Está, principalmente, en acompañarlos a recuperar la sensación de seguridad.
Y aquí hay algo importante: cuando hablamos de seguridad en la infancia, hablamos tanto de seguridad física como emocional.
Ante una emergencia, nuestra primera tarea es proteger: seguir los protocolos, alejarnos del peligro, buscar un lugar seguro y comprobar que todos estén bien. Pero el cuidado no termina cuando pasa la emergencia. Después viene otra tarea igualmente importante: ayudar a los niños a volver a sentirse seguros.
Porque un niño puede estar físicamente a salvo y todavía sentir miedo.
Los niños observan mucho más de lo que imaginamos. Miran nuestros gestos, escuchan nuestras conversaciones y perciben nuestro tono de voz.
Esto no significa que los adultos tengamos que esconder nuestras emociones. Podemos sentir miedo, tristeza o preocupación y nombrarlo de una manera tranquila:
“Yo también me asusté cuando empezó a temblar. Ahora estamos juntos y los adultos estamos revisando que todo esté seguro.”
Mostrar una emoción y, al mismo tiempo, mostrar que podemos transitarla es una poderosa forma de enseñar regulación emocional.
Después de una experiencia difícil, nuestra presencia se convierte en uno de los principales referentes de seguridad para los niños. Saber que hay un adulto disponible, atento y capaz de cuidarlos contribuye a reconstruir esa seguridad emocional que una experiencia inesperada puede haber sacudido.
Los niños necesitan información, pero no necesariamente toda la información.
Las explicaciones deben ser sencillas, concretas y adecuadas para su edad. Podemos contarles qué ocurrió sin agregar detalles que aumenten innecesariamente su preocupación.
Con los más pequeños puede ser suficiente decir:
“La tierra se movió muy fuerte durante un momento. Cuando eso pasa, los adultos sabemos qué hacer para cuidarnos.”
También es importante preguntar antes de explicar:
A veces descubriremos que aquello que preocupa al niño es completamente diferente de lo que imaginábamos.
No necesitamos tener todas las respuestas. Podemos decir “no lo sé” y acompañarlo con algo que sí sabemos: “pero estamos atentos y vamos a cuidarte.”
Cuando un niño dice “tengo miedo”, nuestra reacción natural puede ser responder rápidamente: “no pasa nada”, “no tengas miedo”.
Pero sí pasó algo. Y tuvo miedo. Validar esa experiencia no significa aumentar su temor. Significa ayudarlo a comprender lo que sintió.
Podemos responder:
“Entiendo que te hayas asustado. Se sintió muy fuerte.”
Y después agregar aquello que devuelve seguridad:
“Ahora estamos juntos y estamos bien.”
Los niños no necesitan que eliminemos inmediatamente las emociones difíciles. Necesitan descubrir que pueden sentirlas, expresarlas y atravesarlas acompañados.
Y eso también es seguridad emocional: sentir que lo que me pasa tiene un lugar, que puedo expresarlo y que hay alguien disponible para acompañarme.
Después de una situación que rompe la cotidianidad, las rutinas adquieren un valor enorme.
Volver, en la medida de lo posible, a los horarios habituales, las comidas, el jardín, el juego, los cuentos antes de dormir y los pequeños rituales cotidianos les comunica algo muy poderoso: la vida continúa y sigo estando seguro.
No se trata de ignorar lo ocurrido. Se trata de permitir que lo conocido vuelva a organizar el mundo del niño.
Los adultos solemos procesar las experiencias conversando. Los niños muchas veces lo hacen jugando.
Después de un temblor, por ejemplo, pueden construir casas que se caen, hacer que sus muñecos evacúen una y otra vez, dibujar lo sucedido o representar situaciones relacionadas con la emergencia.
No necesariamente debemos detener ese juego ni interpretarlo inmediatamente como una señal de alarma.
Podemos observar, acompañar y, cuando sea oportuno, entrar suavemente en su narrativa:
“Veo que todos salieron de la casa. ¿A dónde van ahora?”
El juego, el dibujo, los cuentos y el movimiento son lenguajes naturales de la infancia. A través de ellos, los niños pueden organizar aquello que todavía no saben expresar con palabras.
Después de una emergencia, aprender qué hacer puede transformar parte de la sensación de indefensión en confianza.
Podemos hablar sobre los protocolos, reconocer lugares seguros y practicar qué hacemos si vuelve a ocurrir una situación similar.
Pero es importante hacerlo desde la preparación y no desde el miedo.
El mensaje no es:
“Esto puede volver a pasar en cualquier momento.”
Es: “Hay situaciones que no podemos controlar, pero sabemos qué hacer para cuidarnos.”
Los protocolos, los simulacros y los ambientes preparados construyen seguridad física. La presencia de adultos tranquilos, disponibles y sensibles ayuda a construir seguridad emocional. Ambas se necesitan y se complementan.
Algunos niños hablarán inmediatamente. Otros parecerán continuar como si nada hubiera ocurrido.
Algunos pueden estar más sensibles, buscar mayor cercanía con sus adultos, tener dificultades para dormir, preguntar repetidamente por lo sucedido o volver temporalmente a comportamientos que ya habían superado.
Estas respuestas pueden aparecer después de una experiencia estresante y necesitan principalmente observación, paciencia y acompañamiento.
Lo importante es mirar su evolución. Cuando el miedo o los cambios de comportamiento son muy intensos, persisten en el tiempo o interfieren significativamente con su vida cotidiana, es recomendable buscar orientación profesional.
Hay algo que no podemos olvidar: los adultos también vivimos la emergencia.
Familias, maestras y cuidadores pueden haber sentido miedo, preocupación o incluso haber enfrentado pérdidas importantes.
Acompañar a los niños no significa exigirnos estar perfectamente tranquilos. Significa reconocer nuestras propias emociones y buscar también espacios para procesarlas.
Porque un adulto acompañado tiene mayores posibilidades de convertirse en ese lugar seguro que un niño necesita.
No podemos prometerles a nuestros niños que nunca volverán a sentir miedo. No podemos evitar que la vida tenga momentos inesperados, difíciles o dolorosos.
Pero sí podemos enseñarles algo que será mucho más importante para su vida:
En Origami creemos que cuidar la infancia implica mirar al niño de manera integral: proteger su cuerpo, pero también cuidar aquello que siente; construir ambientes físicamente seguros y, al mismo tiempo, relaciones que le permitan sentirse seguro.
Porque la seguridad física y la seguridad emocional no son dos cuidados separados. Son dos maneras de decirle a un niño lo mismo: aquí estás protegido, aquí puedes ser tú, aquí hay adultos que cuidan de ti.
2 Comments
Gracias, me quedan grandes enseñanzas después de la lectura.
Excelente