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Ansiedad y miedo: la pandemia de los niños

Al hablar de ansiedad siempre pensamos en adultos agobiados, estresados y llenos de miedos, pero casi nunca pensamos que la ansiedad puede afectar a los niños. Sin embargo, desde que empezó la pandemia los casos son cada vez más comunes y las familias tienen más consciencia de que sí es posible que los niños sientan ansiedad ante la incertidumbre.

Esto ha permitido que busquen las causas de la ansiedad, las comprendan y las aborden para acompañar a sus hijos a transitar de mejor manera los momentos más desbordados emocionalmente. 

Imagen de Shlomaster en Pixabay 

La educación presencial se puso en pausa por mucho tiempo, lo que llevó a que se interrumpieran las clases, los juegos con amigos y otras rutinas importantes para los niños. Han estado encerrados mucho tiempo sin salir y han vivido los problemas de sus papás y mamás de una forma más cercana. A causa de esto se han visto retrocesos atípicos en el desarrollo como ir al baño o dormir, o cierta dificultad en el momento de controlar la ira, la tristeza y la ansiedad. Las pataletas han aumentado, las conductas desafiantes han aparecido con más frecuencia y la poca tolerancia a un “no” se ha vuelto recurrente. La incertidumbre al futuro tiene consecuencias mentales tanto en los adultos como en los niños, y uno de los trastornos más frecuentes es la ansiedad. Pero ¿qué es la ansiedad y cómo los afecta?

La ansiedad es un trastorno psicológico que se caracteriza por la sensación de miedo fuerte y continuo a que sucedan algunas situaciones que el niño percibe como peligrosas, probables y ante las que se siente indefenso. Por lo general este miedo es tan fuerte, frecuente y descontrolado que empieza a afectar su vida cotidiana. Los síntomas que podemos ver en los niños que están sintiendo ansiedad son variados, pero entre estos pueden estar: no controlar esfínteres cuando ya había aprendido a hacerlo, temor a separarse de sus padres o cuidadores, elevada inquietud y comportamientos más impulsivos. Es común que los niños no puedan verbalizar sus emociones y por eso pueden demostrar su ansiedad de esta manera.

Enfrentar la ansiedad puede ser complejo para todos los miembros de la familia pues puede confundirse con un mal comportamiento y puede llevar a pensar que el niño tiene un temperamento difícil. Siempre es necesario intentar comprender qué se esconde detrás de un “mal” comportamiento, preguntarse qué lo está causando y acompañarlo a sentirse mejor, enseñándole a controlar sus emociones, reconociendo sus miedos y ayudarlo a entender qué los puede estar causando. Es importante no evitar lo que le causa ansiedad, sino acompañarlo a enfrentar el miedo. Así mismo, respirar junto a él, actuar de manera tranquila para que sus neuronas espejo se activen y haga lo mismo que la persona que lo está acompañando. También es importante permitirle que hable sin miedo de lo que siente, de lo que lo atemoriza;  darle un abrazo, validar la emoción y empatizar con su emoción lo hará sentir tranquilo y confiar en sus padres para expresar lo que está viviendo.

Finalmente recuerden que nuestro estado emocional será el estado emocional de nuestro hijo; la calma que tengamos será la calma que él va a tener. Somos la mayor fuente de seguridad y bienestar de nuestro hijo y nuestra calma o nuestra angustia inciden directamente en su tranquilidad. 

En este momento todos tenemos miedo, incertidumbre y una gran carga emocional. Los niños también sienten miedo, tienen preguntas y no siempre hablan acerca de lo que están sintiendo o pensando. Seamos empáticos, solidarios, y amorosos cuando pierda la calma, es ahí cuando más nos necesita. Hagámosle saber que estamos ahí para él, que lo que está sintiendo es normal y que se le va a pasar.

¡En Origami hacemos la diferencia! Contamos con profesores calificados y capacitados para generar espacios que reten a los niños a pensar, moverse, cuestionar y crear, respetando intereses y ritmos de aprendizaje

Volver a las aulas: una deuda que tenemos con los niños

Hace casi un año el mundo cambió. El 2020 fue un año que nos sorprendió, que nos llevó al límite, nos quitó y nos dio cosas. Fue un año de desafíos, retos, llanto, risas y muchos aprendizajes. Tuvimos que renunciar a lo que nos hace humanos: la socialización. Se nos limitó la posibilidad de darnos abrazos, compartir con amigos, vernos y sentirnos con el otro. Nos tocó vivir una pandemia y podemos decir que la hemos sabido afrontar y hemos aprendido a vivir de otra manera. Los niños fueron los grandes sacrificados en toda esta cadena de cuidado. De un día para otro dejaron su colegio, sus amigos, sus espacios y les tocó afrontar lo que no entendían. Hace unos días, nos dieron la oportunidad de recuperar espacios perdidos, retomar momentos, sonrisas y aprendizajes.

desafíos

Hace unos días, la magia de la primera infancia pudo renacer y volver a tener momentos de felicidad y encuentros. Según la ONU “La pandemia del coronavirus ha afectado a más de 1.500 millones de estudiantes en el mundo y ha exacerbado las desigualdades en la esfera de la educación”. Así mismo, UNICEF dice que “los niños de más de 194 países se encontraban desescolarizados; es decir, aproximadamente el 91% de los estudiantes de todo el mundo. Esto ha ocasionado una disrupción enorme en las vidas, el aprendizaje y el bienestar de los niños a nivel mundial”.

La educación es un derecho impostergable, es un derecho fundamental y, como tal, debemos defenderlo. Volver a las aulas es una deuda que tenemos con los niños y las niñas de este país; es una manera de generar factores protectores para quienes más los necesitan. Su desarrollo se ha visto afectado; las brechas que se están generando son incalculables y por eso debemos actuar y generar lo que se necesite para que el retorno a la presencialidad sea posible.  Por cuidar la vida, la estamos perdiendo también. No podemos negarles la magia de las risas, los juegos, la posibilidad de aprender y crecer JUNTOS. 

Los niños son el presente y el futuro y no podemos amarrar el futuro, debemos construirlo juntos. Nadie dice que sea fácil, que mañana todo cambie, pero sí es posible. Debemos construir una imagen de niño que sabe que hay riesgos y que por eso se cuida, cumple con los protocolos y sobre todo DISFRUTA este proceso. Somos los adultos los que sufrimos porque no se pueden abrazar, porque ellos sí saben abrazar y sonreír con la mirada.

Es momento de confiar en los niños y que nuestros miedos no amarren sus sueños. 

#LaEducaciónPresencialEsVital

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La educación inicial: el tiempo de los niños

La primera infancia se extiende desde la gestación hasta los seis años del ser humano. Diversas investigaciones demuestran que esta etapa de la vida es vital para el desarrollo emocional, comunicativo, sensorial, físico y cognitivo de todas las personas. Igualmente, durante los primeros años de vida se da el mayor desarrollo del cerebro, ya que más del 85% de las conexiones neuronales se desarrollan en este periodo. Que este desarrollo se dé de manera óptima está asociado con la salud, la atención que se recibe, el entorno en el que se crece y la calidad de las interacciones que se vivencian. Por esta razón, una educación de alta calidad en estos primeros años es determinante para que los niños puedan desarrollar todo su potencial. 

Educación primera infancia

 

Recurso fotográfico tomado de pixabay

La educación inicial es un derecho impostergable y es importante que suceda en entornos con propuestas educativas respetuosas de los tiempos de la infancia. Como dice Alfredo Hoyuelos, “dar tiempo a los niños sin anticipaciones innecesarias significa saber esperarles allí donde se encuentran en su forma de aprender”.

Hoyuelos, 2008, pág.10.

Los tiempos de la infancia son muchos: el tiempo de ser niño, el tiempo de jugar, el tiempo de explorar y descubrir y el tiempo de sentir. En Jardines Origami buscamos que cada tiempo sea respetado, vivido y permita llegar al máximo de sus posibilidades. Son tiempos que debemos defender y proteger porque hacen que la primera infancia sea un momento de vida para toda la vida. Los niños son el presente y el futuro. No debemos esperar para pensar en lo que serán, porque ya lo son; se construyen desde cada vivencia que tienen y cada interacción que viven desde que nacen. Es por esto que es necesario, pertinente e innegociable que los niños tengan acceso a una educación inicial de la más alta calidad. Que se enfrenten cada día a experiencias pedagógicas que les permitan moverse, hablar, interactuar, reír, solucionar problemas y, sobre todo, conocerse a sí mismos, sin el afán de entregarlos anticipadamente a la educación formal. 

En Colombia contamos con dos leyes que orientan la educación para los niños menores de seis años, dos horizontes que habilitan a las instituciones que acogen a los niños para su formación inicial y organizan lo que debe suceder durante estos primeros años de vida escolar. Ninguna establece una edad determinada para iniciar una educación formal. La propuesta pedagógica de Origami, avalada por las entidades competentes, está pensada y diseñada para y por los niños desde los 4 meses hasta los 6 años y asegura una transición a la educación básica de manera exitosa y armónica. Ninguna ley obliga a que los niños deban entrar antes de los seis años a una educación formal, pues cada niño tiene su momento, sus características y sobre todo el derecho a elegir en dónde vive su primera infancia.  ¡Es necesario dar tiempo a los niños de ser niños!

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